Por: Satoko Kojima Hoshino

Si sois amantes de la novela negra quizá hayáis leído algún libro de Dolores Redondo e, incluso, es posible que la hayáis escuchado en un auditorio repleto de personas que necesitan, como yo, una buena historia de vez en cuando. En esta ocasión, la escritora presentaba su último libro, Esperando al diluvio, cuya trama gira en torno a John Biblia, un asesino que a finales de los sesenta mató a tres mujeres en Glasgow, Escocia, y cuyo caso sigue todavía sin resolver. Pero detrás de este thriller, la acción, el Bilbao de los sesenta, decadente e imponente, ese monstruo de hormigón armado que crea y tritura sueños, están esos personajes que tanto nos cautivan de la pluma de la que llaman la dama de las tormentas. ¿Por qué nos llegan tanto? ¿Por qué los amamos? Probablemente porque en ellos hay sufrimiento. Estos son personajes que sufren por aquellas cosas por las que solemos sufrir las personas, por amor, por miedo, por haber aprendido en la niñez que la intimidad no era un lugar de calma. A veces la vida es un lugar tramposo, donde, para ser escuchados, parece que hay que dar de comer a nuestro troll de Internet. Esta vez, el protagonista es un policía de la vieja escuela, un crack en lo suyo, pero desencantado. Un hombre que ha dejado muchas cosas para después hasta que, un día, descubre que tiene una enfermedad, y que ya no le queda tiempo.

De nuevo, el tiempo, que no en vano los griegos tenían un dios con su nombre, Cronos. El testigo de la cantidad de veces que dejamos las cosas para más tarde. Ya quedaremos en otro momento, ya hablaré con ella, ya iremos, algún día le diré que le quiero, pero ya habrá tiempo. Ese papel sobre el que escribimos nuestra historia. El escenario donde representamos nuestro drama particular, y vemos, cómo tras las historias tan diferentes, lo importante sigue siendo aquello por lo que las personas sufrimos. Tras miles de canciones, extinciones, ensayos clínicos, pintadas, gintonics y revoluciones, sigue siendo el amor, el miedo, la muerte.

Así que, ahora en tiempos de la felicidad obligatoria, donde nos buscamos frenéticos en los likes de Instagram, siento cierta paz al ver que el sufrimiento humano sigue siendo tan real. De vez en cuando, necesito sentir los límites de mi abrazo, que mi sonrisa no es un emoticono. Mi palabra dicha y escuchada por mi amiga, mi hermana o mi pareja, el timbre de mi propia voz, el vértigo de decir lo que pienso, la expresión de sus caras, que no queden ocultas tras el whatsapp. Necesito sentir mis logros y mis limitaciones, aunque cada musiquilla del centro comercial, cada propaganda en mi buzón, cada cartel luminoso me dice que soy única y especial, que tengo el poder de personalizar mi pizza en los pedidos. Y que, si aún no he encontrado la felicidad o la perfección, es porque no he podido comprarla, de la manera más rápida y al menor coste.

Pero para algunos, la alegría de las luces navideñas es un recordatorio de la enorme soledad que sienten. Otros viven con terror la idea de enfrentarse a una época en la que todo gira en torno a la comida. Algunas personas luchan consigo mismas para no recaer en su problema de juego cada vez que la cuadrilla presiona para comprar la Lotería. Existe una realidad oculta tras el filtro Valencia que se vive, a menudo, con vergüenza y, casi siempre, en soledad. Después de todo, no estamos tan mal si comparamos con los niños macilentos de Somalia, problemas del primer mundo, dicen.

En estos tiempos en los que cada vez es más difícil saber qué es real, este es un homenaje a las pequeñas y grandes cosas que nos hacen humanos. Entre ellas, la soledad, el miedo, el dolor, la tristeza. A todas aquellas cosas adaptativas y no tan adaptativas que hacemos para combatirlas. Y también a lo que ya funciona, para que no lo olvidemos ni lo dejemos para más tarde. 

El sufrimiento psicológico en tiempos de la felicidad obligatoria
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